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Crónicas

Aire puro (en el viento): y un gran espacio de cielo

Aire puro (en el viento): y un gran espacio de cielo

Por @candeb

“El tipo se la re banca”, me dijo mi amiga cuando salimos de la sala. El tipo es Lautaro Lamas y “se la banca” en su interpretación de Dionisio Luna, único protagonista de la obra Aire Puro (en el viento), dirigida por Severo Callaci. Estrenada en Rosario en 2012 está por estos días a punto de presentarse en Cuba, en el Festival del Monólogo Latinoamericano.

Pero eso no es tan importante como la historia que cuenta Dionisio –la de su vida–, que por tanto recorrido parece la de dos, o de tres: relato y monólogo que instala en el aire de la sala cierta sensación de alivio cuando entendemos que se trata de un indigente que elige esa condición, porque es lo más parecido a la libertad que pudo palpar.

Representada –partiendo de diversos imaginarios– a veces por palomas, por cadenas rotas, por brazos bien abiertos y mirada hacia el cielo, la libertad adquiere en una noche de teatro un nuevo color y dimensión: puede reconocerse en la elección de estar “echado en el centro del mundo”, en vez de ir “de un punto a otro”; en cabalgar el desierto en dirección al sur sin percepción del mañana, de lo que vendrá, en plena búsqueda de “sentirse vivo”. Ahí viene un camión, ¿adónde me llevará?, se pregunta Dionisio en el marco del relato de una de sus historias; su vida se mezcla a cada paso con la de otra persona y él, “vacío y limpio”, recibe el intercambio: experimenta, vive intensamente, se entrelaza en suaves torbellinos con el viento (y lo que pone en su camino), fabrica aire puro.

Dionisio Luna llega después de una evolución que comienza con un personaje anterior interpretado por Lamas, que retomaba características de Cachilo, uno de los más emblemáticos crotos de Rosario. El de personas en condición de “sin hogar”, es un rubro que Lautaro estudia, observa y vive (actúa) hace rato y que en este caso se ve atravesado por la mirada de Severo Callaci en la dirección, logrando una pieza poética dentro de su cara sucia, sus harapos, sus modos, sus olores (los que imaginamos), sus historias. Poesía sobre (o a partir de) un croto; resulta, al menos, curioso.

La obra empieza con Lautaro en escena y termina de la misma forma (pero tan distinta –tan distintos– a como empezó –a como empezamos–). Inflexiones en la voz, gestos (desde mover un par de dedos de una mano hasta todos los rasgos de la cara), solo en escena pero acompañado en la historia, Lamas toma elementos de la mímica y se vale de algunos pocos objetos escenográficos para contar todo el recorrido de Dionisio, desde su niñez, su juventud, pasando por su matrimonio, hasta su actualidad, la de croto por elección.

“En el barrio estamos fabricando aire puro, un nuevo proyecto”. Los crotos también adquirieron otra dimensión en esa noche de teatro. Luna es un indigente con proyecto: el aire puro en el viento –agente que arrastra, mueve, guía– y lo vive al día, sin mañana y sin prestar atención más que a lo que se atraviesa en el andar. Se trata de elegir la vida que para muchos no puede ser llamada vida; elegir ser en el más básico de los sentidos. Dionisio se despoja del hacer y también del parecer, se sienta cómodamente a ser y fuera de todo control que la sociedad, la cultura o su propio ego puedan fundar, encuentra en ese proceder –que es un simple dejarse llevar–, la libertad: preciado tesoro que la mayoría de nosotros seguramente jamás lleguemos a conocer en una dimensión tal.

Hay un párrafo de M. Proust en el primer capítulo de “Por el camino de Swann” que guardo entre mis citas “para releer” y habla de la necesidad de tener siempre “un gran espacio de cielo”: “(…) cierto que tengo en mi casa toda clase de cosas inútiles. Solo me falta lo necesario, es decir, un gran espacio de cielo, como aquí. Procura guardar siempre por encima de tu vida un buen espacio de cielo, joven (…). Tienes un alma muy buena, poco usual, y una naturaleza de artista, así que no consientas que le falte lo que necesita”. Dionisio se deshizo de lo inútil y se quedó con lo esencial: grandes bocanadas de aire puro, y un buen pedazo de cielo.

Nota: Candela Bianchi.

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